Los profesionales de la lengua, docentes o editores, adquirimos una gran responsabilidad. Así como el médico se halla comprometido con la preservación de la salud y la vida. Cada una de nuestras lenguas es realmente un ser vivo, que crece y se desarrolla de acuerdo con los hechos y sucesos de nuestra historia. El objetivo de nuestra formación consiste en comprender todas las propiedades y funciones de nuestro lenguaje.
Comprender lo anterior significa para nosotros comprometernos con la vida de ese organismo invisible que nos habita desde el nacimiento hasta la muerte. No obstante, asumimos como nuestro objeto de estudio un hecho que para muchos más pasará apenas percibido durante una vida entera. Nuestro lenguaje, como la naturaleza, se halla enteramente a nuestro alrededor, y sin embargo no estaría realmente en ninguna parte si no existiera el último de sus hablantes.
Para el hablante nativo, el estudio de la propia lengua suele revestir una importancia de segundo orden. Sus principios son someramente expuestos para casi cualquiera a través de la educación básica o doméstica. Pero el aprendizaje mismo, esa naturalidad casi incosciente con que un idioma es asimilado y practicado sin mayor esfuerzo, continúa siendo en gran medida un misterio, pues, salvo determinadas situaciones, suele ser un fenómeno irrepetible del desarrollo individual.
Esta es sin duda la tarea del estudioso del lenguaje, quien, al ahondar en el misterio del signo lingüístico se impone como tarea recorrer en sentido inverso los fenómenos del discurso, tal como se presentan a nuestro entendimiento histórico. De esta forma nos comprometemos, más que a solo nombrar o clasificar las propiedades y elementos de nuestra lengua, a saber poner y tomar de ellos todo el sentido, la energía, la misma vida que late en el poder de cada una de nuestras palabras.
¡Somos lenguaje, somos cuento y poesía pura!
Gracias.