Para ejercer la enseñanza de una lengua no solo se necesita el conocimiento profundo de ésta, se hace necesario comprender y vivenciar las razones que llevan a las alumnos, los futuros hablantes, a aprender dicha lengua. Al estudiar la evolución de las metodologías que se han usado y se usan en la enseñanza de idiomas los futuros docentes, o aquellos que ya estamos en la profesión, tenemos la oportunidad de comprender mejor el papel del estudiante en el aula, de profundizar en sus intenciones y encontrar mecanismos que incrementen la motivación por aprender y ejercer los contenidos de cada curso en su día a día.
Hay un valor didáctico invaluable en el hecho de visualizar cómo los actores del proceso de enseñanza aprendizaje se han ido transformando con el paso del tiempo, cada metodología sitúa al docente y al estudiante en extremos menos alejados: pasando de un rol pasivo y receptivo de información del alumno junto al profesor incuestionable e incorruptible, esto a mediados del siglo pasado, a un par de actores que necesitan movimiento e interacción, un facilitador del conocimiento y sus pares que desean interiorizar una nueva forma de comunicarse, de ver el mundo con un lente diferente.
Así hemos llegado al siglo XXI, asumimos que el estudiante es un ente pensante y capaz de crear su nuevo idiolecto en la nueva lengua, que la lengua no solo se limita a una lista eterna de palabras y de reglas, que ella está vinculada con la actividad comunicativa y con la necesidad humana de socializar, de resolver necesidades con nuestros iguales, de solucionar problemas y de sentirnos parte de algo.
Luis Rodrigo Elias Ladron de Guevara